Posteado por: akhesa en: 14 junio, 2011
La altura era considerable y las aguas del Atlántico norte rugían con fiereza contra los muros del acantilado. Luchaba contra el viento en su intento de arrastrarme al vacio. El olor a sal impregnó mis pulmones y los oídos, inmunes a la brisa helada, ayudaban a mantener el equilibrio. El vestido se enrollaba entre mis piernas y el manto que me cubría los hombros, flotaba en el espacio inerte atraído sin duda por el océano salvaje.
Desde mi posición oteé el horizonte. Pude contemplar como el amasijo de nubes negras hacían de éste el límite visual del mar infinito y, tras varios segundos de incertidumbre, la oscuridad se cernió sobre las aguas y con ella el silencio se extendió a través de la campiña.
La soledad se ofreció eterna compañera y el dios celta amante de la diosa naturaleza.
Akhesa.